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Publicado el 12.02.2018 00

Placenta y cordón: contacto continuo

Dos órganos fundamentales porque hacen que tu bebé esté nutrido, oxigenado y protegido durante los nueve meses.

La placenta se forma dentro del útero materno durante el embarazo y aumenta de volumen – y de peso – con el avanzar progresivo de la gestación. Representa el punto de conjunción entre el útero y el cordón umbilical del bebé, un auténtico órgano que, uniendo los dos cuerpos, permite el intercambio entre el pequeño y la madre. A través del cordón umbilical la placenta conecta la circulación materna con la fetal de manera que el bebé pueda recibir de ti nutrimento, oxígeno y hormonas. Se desarrolla normalmente en la parte superior de la pared del útero y después se expulsa al final del parto, por separación espontánea de la pared uterina (alumbramiento).

El cordón umbilical es el pequeño tubito que conecta el feto con la placenta y que permite que el organismo de la madre nutra, oxigene y maneje los desechos del feto hasta el momento del nacimiento. Se forma a partir de la quinta semana de gestación, tiene una longitud que generalmente oscila entre los cincuenta y los sesenta centímetros y está constituido por dos arterias y una vena umbilical envueltas y protegidas por un tejido llamado “gelatina de Wharton”, un tejido de conexión mucoso, flexible y muy resistente que protege la vena y las arterias contra torsiones y traumas. En el momento del nacimiento el cordón umbilical tiene el aspecto de un tubito gelatinoso de color blanco perlado que se cortará a unos ocho centímetros del recién nacido.

Después de cortar el cordón, los vasos dejan de irrigar el funículo umbilical, que por lo tanto se seca asumiendo un color oscuro para después separarse y caer entre el quinto y el décimo día de vida de tu hijo.